sábado, 10 de septiembre de 2011

Capítulo 1

-¡Annie! ¡Despierta! ¡Es día de cosecha! -gritó mi madre.
Abrí los ojos lentamente. Otra vez tendría que soportar los nervios de ese horrible día. El día de la Cosecha. Salté de la cama y bajé corriendo las escaleras a la cocina para desayunar.
-Tienes huevos revueltos, Annie. ¿Te parece bien? 
-Sí, mamá, aunque para los nervios y el nudo en el estómago no ayuda mucho.
-Tienes razón. ¿Lo cambio?

-No, no hace falta.
En ese momento mi padre salió de su cuarto.
-Buenos días, chicas. ¿Preparadas? - dijo, con gesto serio.
-Mmm.. ¡La verdad es que no! - respondí.- Tengo que terminar de desayunar y luego arreglarme.
-Pues dáte prisa. 
-Sí, papá... 
Me tomé los huevos revueltos con bacon muy rápido y fui al cuarto de baño a asearme y a ducharme. Luego subí corriendo las escaleras hasta mi habitación, abrí mi armario y saqué de él un traje amarillo claro. Me lo puse y me cepillé el cabello oscuro hasta que no tenía ni un solo enredo. Un cepillo era algo que podíamos comprar, no como en algún otro distrito. En el 4 se vivía medianamente bien. Al menos mejor que en otros distritos, como el 12, que era supuestamente el más pobre. Aquí había trabajo y no demasiada gente moría de hambre. Teníamos dinero suficiente para lo imprescindible y algunas cosas más. Claro que también nuestro distrito tenía zonas más pobres, como la Marea. Era un área pegada a la orilla del mar, donde vivían todos los pescadores más humildes y pobres, que pasaban más hambre. Esa zona era bastante grande. También estaba la Corriente, que era donde yo vivía. Aquí habitábamos las familias que nos manteníamos adecuadamente. Vivíamos bien, con casas en buenas condiciones, y un barco desvencijado por cada familia. Era algo tradicional, casi esencial, lo de tener un barquito. Generalmente lo construía el marido después de casarse, con madera que conseguía de alguna manera. Representaba el lazo entre la pareja. Si se divorciaban tenían que destruirlo. Lo usabamos para pasear en el mar, para pescar y para salir en él con amigos, entretenernos en él, nadar alrededor... El nuestro todavía estaba más o menos en buenas condiciones, aunque tenía más años que yo.
A parte de esas dos zonas, también estaba la Ola, la pequeñísima área donde vivían las personas muy ricas, con mansiones y barcos enormes. Y por supuesto, la Aldea de los Vencedores. Ese año estaba casi llena. Quedaban cuatro casas libres de doce, aunque a los habitantes de varias de ellas les restaban pocos años de vida.
Estaban Hayley Marks, Josh Stewart, Mags Green y Rick Husherman, que tenían más de 60 años, y ya no hacían de mentores, Harry Lumper y Ella Parkinson, de 40 años aproximadamente, Lox Miller, de unos 30, y Finnick Odair. Él tenía 19 años. Había ganado los Juegos del Hambre hacía cinco años, pinchando a la gente con un tridente. Y sí, era muy guapo. Demasiado, quizás. En el Distrito 4 la gente le llama el sex symbol de Panem.
En la Corriente estaba la Plaza Mayor. Era allí a donde tendía que dirigirme ese día, a las dos de la tarde.
Me había levantado a las 11 de la mañana, porque había tardado en dormirme el día anterior, así que tuve el tiempo justo para desayunar, prepararme y dirigirme a la Plaza con mi madre y mi padre. No había tenido que echar papeletas extras con mi nombre para los Juegos nunca, porque comíamos bien y no necesitábamos las teselas. Mis padres eran pescadores y conseguían su buen sueldo. Además, yo no había sido entrenada con armas ni había aprendido mucho de supervivencia, porque mis padres estaban en contra de los Juegos del Hambre. Les parecían inhumanos y no querían convertirme en una máquina de matar. Odiaban al capitolio. Además, si fuera mi nombre el que saliera en la papeleta, habría al menos una o dos voluntarias que sí fueran Profesionales. Casi todos los años había. Normalmente cuatro o cinco por persona elegida en la Cosecha y tenían que hacer algo para elegir uno de ellos. En otros años había solo uno o dos. También había pasado alguna vez que no hubieran voluntarios, pero había pasado solo unas 15 veces en 69 años.
Yo tampoco quería ir a los Juegos del Hambre, aunque en nuestro distrito había muchas personas que sí querían ir. Mis amigos no. Sabían que eran la muerte segura. Y además también había que matar a gente para sobrevivir. Ellos tampoco eran profesionales. Cuando los conocí, fue como un regalo para mi vida, porque mientras muchos de mis compañeros de clase sabían usar armas, yo no podía ni tirar un cuhillito de nada, entonces me marginaban. Pero un día los vi. Yo tenía como seis años y estaba en el parque con mi madre. Rodeando un tobogán había un pequeño grupo de niños, y nada más verlos supe que eran diferentes. Se reían, se les veía a la legua la dulzura que sus pequeños corazones irradiaban, jugaban como un niño pequeño jugaría si su vida no se viera nublada por los Juegos. Inventaban cosas y decían tonterías. No se les veía esa violencia aplastante que tenían los niños pequeños a los que a tan temprana edad empezaban a ser entrenados. Leslie, la que más tarde pasaría a ser mi mejor amiga, le decía a otra niña que ése día le tocaba a ella ser la princesa, y que no valía que hubieran otras. Siempre tuvo mucha personalidad. Me acerqué y les pregunté si podía jugar con ellos. La respuesta me sorprendió un poco.
-Pero, ¿te gustan las armas? Porque si dices que sí, vete.
- No. No me gustan nada. Las odio, las odio y las odio. ¿Puedo jugar?
-Sí, ¿Cómo te llamas?
-Annie.
Desde entonces siempre he estado con ellos. Al principio me ponía un poco nerviosa cuando iba con ellos, porque no estaba acostumbrada a ser aceptada así. Cada vez que alguien abría la boca para dirigirse a mí, yo esperaba un insulto o una burla, tras la que toda la pandilla se reiría de mí, y cuando en vez de eso proponían jugar al escondite, yo me quedaba en estado de shock durante unos segundos. Después de un tiempo descubrí que todos eran dignos de confiar, y como yo, no entrenados. Pero la diferencia era que ellos se habían criado juntos, y yo sin amigos.
El día de la Cosecha, mientras andábamos, me temía que alguien de nuestra pandilla acabara eligido y desapareciera de nuestras vidas irreversiblemente. Contemplaba las pequeñas casitas de cal y ladrillos que estaban colocadas en paralelo con la orilla del mar, intentando relajarme, con el ceño fruncido por la preocupación y las náuseas. Me sentía como si me estuvieran pegando puñetazos en la barriga o me estuvieran atando el estómago. Mi cabeza era una caja de explosiones incontrolables. Pero estaba acostumbrada, me pasaba desde que tenía doce años, en el primer año de Cosecha que tuve que pasar estando en el rectángulo rodeado de cuerda de los niños que podíamos ser escogidos como tributos.
Por fin llegamos a la Plaza Mayor. Estaba llena de gente, probablemente más de las que se suponía que podía haber en ese espacio, que aunque era enorme, daba la impresión de ser demasiado pequeña así de llena. Era obligatorio venir a la Cosecha. La gente que había allí no era ni mucho menos la pblación completa del Distrito. Quedaban muchos más, dispersos por las calles.
Me dirigí a la zona rodeada de cuerda para las chicas de 17 años e intercambié miradas nerviosas con algunas amigas a las que divisé entre tantas personas.
La mujer con el pelo liso y muy largo de color morado que siempre sacaba las papeletas estaba en el escenario. Se llamaba Amanda Kurt.
También el alcalde. Se levantó al estrado, y con voz aburrida, aunque no lo suficiente para ganarse una sentencia de muerte del Presidente, leyó el discurso de todos los años, sobre la historia de Panem y por qué se crearon los Juegos del Hambre. En ese punto, yo ya casi me lo sabía de memoria. Luego bajó y se sentó en la silla que le correspondía. Inmediatamente después, Amanda Kurt se levantó, y revolotendo nerviosamente por el escenario se acercó a las cajas con las papeletas.
-¡Las chicas primero! - gritó, metió la mano en la caja y sacó una papeleta arrugada. En ese lapso de tiempo antes de decir el nombre, no se oía un murmullo. Se oiría un alfiler cayendo a 100 metros. Todo el mundo contenía la respiración, con rictus de preocupación en la cara y los puños apretados. Luego dijo el nombre:
-¡Annie Cresta! ¡Sube al escenario, por favor!
Sentí que me temblaban las piernas. No. No. No. Eso no podía estar pasándome. ¿Había dicho mi nombre? No estaba segura si era mi imaginación. Pero las miradas de horror de varias personas conocidas de alrededor, dirigidas a mí, me confirmaron lo contrario.
"Tranquila, ahora saldrán las voluntarias" pensé. Pero mi estómago seguía retorciéndose. Subí al escenario, en el que también estaban Ella Parkinson y Lox Miller, que serían los mentores de ese año de el chico que tocara y de la chica que ocupase mi lugar.
Amanda Kurt me cogió de la muñeca y me levantó el brazo.
-¿Alguna voluntaria? - preguntó, con una sonrisa enorme en la cara. Idiota. ¿Como podía estar alegre?
No estoy segura de que estaba pensando. Supongo que yo esperaba que tres o cuatro chicas levantaran el brazo, pidiendo ocupar mi puesto. En cambio, la multitud se quedó en silencio. Ni una voluntaria.
No podía ser verdad. El año en el que me tocó, a mí, a una de las pocas chicas del distrito que no se había entrenado para los Juegos del Hambre, no había voluntarias. Era injusto. Era terrible. Desde luego, el destino no estaba a mi favor. ¿O era un complot? ¿Me odiaban? ¿Lo habían hecho queriendo?
Oí a una persona sollozando. Era mi madre. En ese momentoo supe que tenía que ser fuerte. Aunque aguantaba mi cuerpo en pie a duras penas y tenía ganas de vomitar y de llorar, me mantuve todo lo firme que pude. Seria. Aunque sabía que una mirada de desesperanza y tristeza tremenda me había cruzado la cara por un segundo, delatándome instantáneamente. Y noté una lágrima rodandome por la mejilla. No había podido evitarlo.
- ¡Bien, pues ya tenemos al tributo femenino del Distrito 4! ¡Un aplauso! - chilló Amanda.
Al principio la gente dudó. Pero luego empezaron a aplaudir tímidamente. Eran aplausos de aliento. Porque sabían que yo no quería ir, me lo habían visto en la cara. Y sabían la mala suerte que había tenido al no haber aparecido ninguna voluntaria.
-¡Ahora tocan los chicos!
Amanda metió la mano en la caja de los chicos y sacó una papeleta.
-¡Mark Edwards!
Un chico grande de pelo castaño y ojos de un marrón verdoso claro salió de la zona de 18 años y subió al escenario.
-¿Voluntarios? - preguntó Amanda, con su estúpido acento del Capitolio.
Cuatro brazos se dispararon en el aire.
- ¿Como os llam...- pero la pregunta de Amanda fue interrumpida por Mark.
- No, yo quiero ir. - dijo, con voz grave.
El tributo que ha tocado por papeleta tiene la última palabra, así que los demás tuvieron que quedarse.
<<Pobrecitos>> pensé sarcásticamente. <<No han podido ir a que los maten>>.
Desde el primer momento, Mark Edwards no me hizo mucha gracia. Era un Profesional, y me daba asco que se quedara con el puesto de tributo del Distrito Cuatro porque quería matar a gente y ser famoso por eso. Y a demás me parecía retorcido por parte del destino que yo, que no quería ir, no recibiera voluntarias y él, que no los quería, sí tuviera.
Nos estrechamos las manos y llegaron los Pacificadores a llevarnos al edificio de la Justicia, para despedirnos de nuestros seres queridos.
Entré en una habitación lujosa y acolchada. Los sofás estaban revestidos de terciopelo burdeos, y las mesitas de madera cara estaban revestidas de pintura dorada. Me senté en un sillón a esperar las despedidas, pensando en el hogar que no volvería a ver, en las personas a las que perdería y en el mar. El mar. Me quedé en trance, pensando en el murmullo de las olas lamiendo la orilla y el olor a sal que la brisa traía. De pronto el chasquido de la puerta abriéndose me sacó de mi ensimismamiento. Por ella entraron mis padres. Los dos estaban llorando. Corrí a abrazarlos, mientras sentía las lágrimas anegarme los ojos inevitablemente.
-¡Deberíamos haberte entrenado!- decían, una y otra vez. Se echaban la culpa a ellos mismos, se sentían mal porque pensaban que iba a morir por su culpa.
-No. - les respondí yo entre sollozos - Prefiero morir como una buena persona a hacerlo como una asesina sangrienta.
Eso hizo que lloraran aún más, y yo los abracé hasta que llegaron los pacificadores y se los llevaran a ratras. No tenía más familia, así que después llegaron mis amigos. Leslie Tann, mi mejor amiga, venía la primera. Se me echó encima y me abrazó y seguimos llorando juntas. Así fue con cada uno de mis amigos cercanos, y entre todos me habían comprado una pulsera de color plateado con una piedra verdeazulada incrustada en ella. Me pidieron que la usara como objeto de mi distrito, lo único que dejaban llevar en la Arena. Luego los echaron de la habitación, y otro escuadrón Pacificadores me escoltó por las calles hasta la parada del tren. 
En la estación vi a Mark, con cara de duro y sin rastro de llanto en el rostro. En cambio, me ví a mí misma en la pantalla y tenía los ojos rojos e hinchados de llorar, con surcos húmedos en las mejillas dejados por las lágrimas.
Subí al tren y Amanda me llevó a una habitación muy extraña y espaciosa. Tenía una cama grande, un armario lleno de ropa y un cuarto de baño con una ducha que tenía muchos botones.
-Bueno, chica, tienes un rato para estar sola- me dijo Amanda. No le respondí.
Cuando cerró la puerta tras ella me tumbé en la cama y volví a echarme a llorar, con la cara metida en la almohada. No tenía esperanzas de volver a casa. No sabía sobrevivir sola por lo salvaje, y no sabía usar armas. Iba hacia una muerte segura. Aunque podía hacer muchas cosas relacionadas con el mar, como nudos, anzuelos y más cosas así, eso no me iba a salvar. Después de unos minutos conseguí desahogarme un poco y me incorporé, apoyando la espalda en la pared. Incliné la cabeza hacia un lado y me sumí en un sueño intranquilo, casi inexistente.
Al rato Amanda volvió a aparecer, llamó a mi puerta y me dijo que me fuera preparando para la cena, consiguiendo despertarme.
Me metí en la ducha y le dí a un botón para el agua caliente y a otro para jabón de almendras y después de lavarme cogí una camiseta vaporosa y unos pantalones cortos del armario y me los puse, sin quitarme la pulsera que me regalaron mis amigos. Dejé el vestido de la Cosecha doblado encima de la cama y salí del compartimento. En el comedor me encontré a Amanda, Lox Miller, Ella Parkinson y Mark Edwards sentados a la mesa.
-Hola - saludé tímidamente.
Amanda me saludó de buena gana, los mentores inclinaron la cabeza y Mark ni siquiera me miró.

Algo cortada me senté a la mesa. Creía que les parecía débil. Y así era. Menos a Amanda, claro, que era más tonta que un pavo sin plumas.
Miré a la mesa. Nunca había visto un banquete así. Platos de pollo y carne acompañados de frutas hacían que parecieran rodeados de arcoiris. Había que desprendían aromas hasta entonces desconocidos para mí. Pequeños pescaditos que normalmente tomaríamos en casa simlplemente cocinados y sin nada estaban aliñados con las salsas más variadas que se pudieran imaginar. Me senté y empecé a disfrutar de la comida, mojando el pan en el aceite y las salsas que sobraban en los platos que me había comido ya, intentando ignorar las miradas de soslayo de los demás. Cuando todos habíamos terminado, habló Amanda.
-¿Vemos la Cosecha de los otros distritos? - dijo.
Todos asentimos y fuimos hasta una estancia con una televisión enorme y un sofá. Empezaron con la Cosecha en el Distrito 1. Me fijé en ellos, porque si conseguía al menos un ocho en entrenamiento privado y todo lo demás, como la entrevista, los entrenamientos públicos y cosas así me salían más o menos bien acabaría con los Profesionales, aunque un poco por enchufe. Los tributos del 1 eran un chico grande de cabello rubio y puntiagudo y una alta chica de cabello castaño claro y ondulado. Los dos eran Profesionales. Del 2 también me fijé. Eran dos enormes ejemplares físicos, con cara de toro los dos y que parecían arder de ganas de entrar en la arena. Como todos los del 2. Salieron los tributos del 3 y luego apareció el Distrito 4. Me ví aparecer, temblorosa, saliendo de la zona rodeada de cuerda. Mi cara reflejaba nervios y desesperación, y se veía que la audiencia estaba verdaderamente apenada por mí. Luego salió Mark, y nos dimos las manos. Salieron los tributos del 5 y del 6 sin que ninguno me llamase la atención, pero luego, en el 7 salió una pobre chica de 14 años que empezó a llorar y a vomitar en el escenario. Se me encogió el corazón. Hasta se le notaban las costillas. En el 8 salió un chico de 16 años muy bajito pero con cara de querer entrar en los Juegos. Su compañera, en cambio, estaba aterrorizada, y también se le marcaban las costillas del hambre. Pasaron los del nueve y el diez. En el 11 salió una chica muy alta de cabello oscuro y liso que le caía sobre la cara y que no mostraba ninguna expresión. En el 12, salieron dos chicos medio muertos de hambre y también subió al escenario ese mentor suyo, Haymitch Abernathy, borracho como una cuba y vomitando por todas partes. Luego la televisión se apagó y cada uno se fue retirando a su habitación. Me tumbé en la cama sin cambiarme de ropa y seguí llorando. Tenía que deshacerme de las lágrimas lo más rápido posible y no dejar nada para el Capitolio para no parecer idiota.
Pensé en que no volvería a pasear en barcos con mis padres. Que no volvería a nadar en el agua del mar, mecida por las olas. Que no volvería a hacer fiestas con mis amigos en la orilla. Que la brisa marina no volvería a acariciarme la cara y a agitarme el pelo. Contemplé mi brazalete plateado con la piedra verdeazulada, pensando en ellos, pensando que no volvería a mi casa nunca más.
Las lágrimas me corrían por el rostro sin parar y mis sollozos me sacudían y me cortaban la respiración. La cabeza me dolía de tanto llorar.
Al rato, acabé quedándome dormida en la cama, con el rostro empapado de lágrimas.
............................................................................................................................
Próximamente, el capítulo 2! Siento haber hecho éste tan largo u___u

Andi!





2 comentarios:

  1. Que buenoooooooooooo uuuumf!!
    Me ves a mi ayer por la noche, viendo pequeñas mentirosas y escapándome para leer a trocitos esto XDDDD Al final lo he conseguido leer entero n.n
    ¡Está genial, en serio O.O!
    Un beso *.*

    ResponderEliminar
  2. OHHHHHHH DIOS ME ENCANTA ANDI <3
    En serio, me ha gustado muchiiiisimo *OOO*
    Sigue escribiendo, vale? :3
    Te sherooo <3

    ResponderEliminar